Con Oscar por el Veneto

Revista ROOM, 6. Editado por La Fábrica, 2011
Oscar Tusquets Blanca nos guía a través del Veneto para conocer las obras de artistas tan relevantes y dispares como Andrea Palladio, Antonio Canova y Carlo Scarpa. El tardo Renacimiento, el puro neoclacisismo del S XVIII y la poética austeridad del S XX se unen en una agradable ruta de pocos kilómetros, recorrida en apenas media hora de coche. Los cipreses, la grappa y la pasta e fagioli redondean un viaje cargado de sensibilidad y belleza.
Una villa para dar fiestas
—¡A él, lo que le pone caliente, es la planta! —Oscar cierra con fuerza los ojos, baja la cabeza, y, con un contundente gesto de la mano, pretende poner punto y final a mis preguntas—. ¡La absoluta simetría! —Sube y baja el dedo índice, ahoga la voz en un esfuerzo por no hablar a gritos.
Estamos en la sala central de La Villa Rotonda —considerada la obra magna de Palladio— y yo me estoy empeñando en que Oscar me dé algunos conceptos, en que me explique con pocas palabras por qué Palladio consiguió revolucionar la arquitectura mundial con tan poca obra, por qué algo tan simple pudo ser tan revolucionario, y por qué ahora, siglos después, esa simplicidad nos continúa fascinando tanto.
—Oh.—me lanza una mirada cargada de ira—, a ti te parece que lo simple es obvio. Pero no lo es nada. ¡Nada!
Me callo. Le seguimos disciplinadamente, pegados a él. Hay que estar muy atento cuando Oscar está así: excitado, asombrado, casi enfadado ante tales muestras de talento.
—Palladio es tan brillante que nunca sé si me estimula o directamente me desanima —reflexiona.
Los tres amigos que le escuchamos sabemos que no podemos despistarnos ni un momento porque de repente se va y sigue andando y hablando solo, o nos da la espalda y se olvida de nosotros mientras entra en un especie de monólogo alegre e irritante, sacudiendo la cabeza, la palma de la mano en una pared, resiguiendo una baranda. Rodeamos la sala circular central, la sala con la que el arquitecto renacentista quiso emular el Panteón de Roma, con óculo incluido, dejando un agujero abierto al cielo.
—Hay unos dibujos donde Palladio proyecta un copulín que cierra la cúpula —explica Oscar con el brazo alzado señalando al techo—, pero parece que cuando la obra estaba en marcha decidió abrir el óculo. —Y entre risas y volviendo la mirada al suelo, concluye—: A él no le importaba que lloviese dentro, por eso hizo este espléndido desagüe.
El óculo fue tapado por los primeros residentes y La Villa se convirtió en la primera residencia privada de la historia poseedora de una cúpula como cubierta.
Hemos llegado a La Rotonda directamente de Malpensa —el aeropuerto de Milán— y es por tanto ésta la visita que inicia el viaje. Una espléndida entrada al universo palladiano curiosamente obligada por el hecho de que hoy sea miércoles: único día de la semana en que se permite la entrada al interior del edificio. Al conocer Oscar este requisito, trazó la ruta en base a ello.
—Pues es un poco decepcionante —se me ocurre decir, por lo bajini, a mi amiga. El contraste con la limpieza de las fachadas exteriores y la ornamentación interior me ha sorprendido; ha sido como pasar del silencio y de algo atemporal al ruido y a una fecha fija en la historia. Mi amiga Juliet, que es pintora, parece desencantada con los frescos. Le sorprenden las dimensiones desproporcionadas de algunos cuerpos, la estridencia de los colores, el absurdo de las columnas a lo trompe l’oeil al lado de tantas otras auténticas.
—¡Si se lo hubieran permitido, él lo habría dejado todo blanco! —Oscar nos escuchaba. Se queda repentinamente parado y casi tropezamos con él. Vuelve a tener los ojos cerrados, pero ahora se empieza a reír—. ¡Como sus iglesias venecianas! ¡Todo blanco! Pero claro, entonces no estaba de moda; la gente que vivía aquí quería esto, las paredes repletas de frescos y la decoración que tocaba. Que estuviera mejor en blanco es muy cuestionable, porque una cosa son estos frescos, que son regulares, tirando a malos, y otra son los de Veronese, que veremos mañana en la Villa Maser, que son espléndidos, y que, de hecho, es el motivo por el cual la gente va a visitar esa villa; van por Veronese, no por Palladio. —Siguen las risas. Arranca a andar y añade—: Pero bueno, es que las modas son muy peligrosas.
Cuando Oscar se aleja, Juliet y yo comentamos que las lámparas situadas en las salas laterales, entre sofás y mesitas de falso estilo antiguo, tampoco ayudan.
—Son ochenteras— suponemos con un mohín de desagrado. Ambas damos por sentado que nos referimos a los ochenta del siglo XX. Me quedo meditando sobre la peligrosidad de las modas.
El recorrido por el interior termina pronto. Salimos. La luz otoñal de primera hora de la tarde tiñe de un color almendra la fachada orientada al Sudoeste. Damos la vuelta a la casa lentamente, se respira una tranquilidad muy agradable; Oscar y Juliet hacen un dibujo. Nos sentamos en la hierba y disfrutamos, casi solos, del momento.
—Ésta no es una casa para vivir; es una casa para dar fiestas —dice Oscar—. De hecho, la alquilan, y ya sabéis, yo quería celebrar mi banquete de boda aquí. —Me mira, sonreímos—. Ahora los propietarios viven en el ático, donde antiguamente residía el servicio.
Observamos las dos sencillas ventanitas del primer piso que flanquean el frontón y el imponente pronao, e imaginamos, tras esas cortinas blancas, gente corriente viviendo vidas corrientes y conduciendo el Fiat color crema que hemos visto aparcado bajo una de las cuatro escalinatas.
Bajamos por el camino lateral que hoy día es el único acceso a la casa. Flanqueado por ambos lados de rosales, tiene unas sencillas casetas adosadas donde hay una pequeña tienda en la que podemos comprar una postal y donde reside el guardián de la Villa desde el año 1962, Jacomo Romito, con su simpático perro Cochi, tal y como nos cuenta, muy amablemente, él mismo.
La entrada principal original se puede reconocer desde la carretera que llega a Vicenza, un camino comido por la vegetación que sigue inmortalizando, a pesar de su desuso, la visión que antaño se debió tener de la villa: elevada en un montículo, lejana y magnífica, más cerca de ser un pallazzo —como de hecho Palladio la catalogó— que una residencia campestre.
La ciudad de Palladio
Vicenza sabe que existe en el mundo gracias a Palladio. Y parece agradecérselo. Son muy pocos los bares y carteles baratos que nombran al arquitecto en un tono turístico, pero su espíritu se respira en la atmósfera, en las calles, en sus gentes. La ciudad a la que más edificios legó el maestro celebra el año palladiano con motivo de los quinientos años de su nacimiento. 500 anni di Palladio es una completísima exposición que reúne preciosos dibujos originales del artista, levantamientos de ruinas romanas que atestiguan su fascinación por el arte clásico, cuadros de Canaletto con ciudades soñadas repletas de obras palladianas y finísimas maquetas de madera reproduciendo a un tamaño considerable toda la obra del arquitecto.
Después de pasar la noche en un hotel de las afueras, volvemos a Vicenza con la intención de visitar primero el teatro Olímpico para luego, y con más clama, pasear por la ciudad. Agradecemos de nuevo la poca afluencia de público que encontramos en el teatro, nos permite conversar, sentados en las gradas, durante un buen rato. Oscar habla:
—Palladio ha visto ya teatros romanos en Roma y aquí quiere hacer lo mismo; por eso se llama teatro Olímpico. La diferencia entre un teatro griego y uno romano —nos explica— está en que el primero está abierto al exterior, no hay escenario sino paisaje, mientras que en el romano hay scena y, por tanto, arquitectura.
Hablamos del elaborado decorado y de su exagerada perspectiva, de las estatuas exentas, de los cielos pintados. También comentamos que parece que lo terminó, como hizo con la mayoría de sus obras, Scamozzi, el importantísimo discípulo y colaborador de Palladio. Lamentamos la mala iluminación.
—Si esto fuera Suiza o Alemania —dice Oscar—, la luz estaría tratada de otra manera, con más delicadeza, no con estos fluorescentes y basta —suspira—. Pero esto es Italia —añade con una sonrisa y en un tono evidentemente cariñoso.
—Y no dan abasto —puntualiza Juliet.
Acabamos alabando la madera de las gradas —que parecen tener quinientos años—, una madera que ha envejecido en una textura y un color que a lo lejos se aprecia como piedra.
—Esto si que está bien que no lo toquen —murmura Oscar mientras acaricia con una mano el asiento y con la otra el frente de la grada.
Paseamos por Vicenza con la intención de ver las fachadas de varios edificios palladianos: la Loggia Valmarana, la monumental Basílica y la Loggia del Capitanio en la Piazza dei Signori, el Palazzo Porto en la Piazza Castello (un edificio inacabado que nos provoca una cierta desazón).
—Otra vez estas plazas —nos decimos Juliet y yo, emocionadas, sonrientes, observando y sintiendo la extraña ubicación de los edificios en relación al espacio central. Recordamos tantas otras plazas de la Toscana que visitamos, también con Oscar, hace unos años: plazas siempre desordenadas, atípicas, que parecen surgir del azar y que resultan, siempre, de una belleza conmovedora e incuestionable.
Oscar protesta cuando nos paramos, que vamos mal de tiempo, nos urge, no llegaremos al puente antes de comer, y mientras empieza a irse, suelta:
—Oh, las plazas. En Italia todo se mueve, no es como en Francia.
Del Veneto a Washington
Antes de visitar las dos villas previstas para hoy, hay que pasar por el famoso puente de madera de Bassano de Grappa, el pueblecito especialmente conocido por el licor que lleva su nombre, la grappa.
—Si nos damos prisa llegaremos a la última villa con buena luz —nos apremia Oscar. Pero antes hay que comer y en otra de estas plazas desordenadas, con su Duomo en un lateral, preguntamos a una servicial ragazza que nos indica con gran acierto una trattoria deliciosa. Pedimos cuatro pasta e faggioli y rematamos la comida tomando el chupito de grappa de rigor.
La visita al puente es rápida, todo el grupo menos Oscar considera que demasiado rápida. No hay tiempo para sentarse, para hablar, esperemos que la grappa actúe como un buen digestivo, nos decimos mientras corremos —con los estómagos repletos de faggioli— por las callejuelas del pueblo.
Tras un corto trayecto en coche llegamos a la Villa Maser donde nos reciben varios caballos que pastan en libertad por sus campos. Admiramos la singular silueta que dibujan las galerías laterales —con sus arcadas, los palomares y los relojes solares— el color miel de las paredes y el laborioso frontón. Las salas interiores ceden todo el protagonismo a los frescos de Veronese, y el mobiliario, histórico pero muy neutro, ayuda a entender la casa sin interponerse.
Llegamos a la Villa Emo hacia las seis. Podemos entrar gracias a un grupo de turistas que ha llegado con retraso y a quienes parecía estaban esperando; apenas quedaban unos minutos para cerrar. El grupo de visitantes son unos señores mayores, ¿ingleses?, tan agrupados, silenciosos y lentos que apenas dejan notar su presencia. Desde la sala central interior apreciamos la vista hacia los jardines, especialmente los que se extienden por el lado posterior.
—Parece un trampantojo —dice Juliet entre sonrisas—. Si miráis los dos pinos, imaginad que aguantan una tela. El camino central parece dibujado, ¿verdad?
Nos reímos, realmente lo parece: un camino flanqueado por una línea continua de árboles que se difumina hasta el infinito y envuelto en una bruma al estilo más da Vinci.
—Esta gente tenía una considerable extensión de terreno —reflexiona Oscar—. Estos sí que eran terratenientes y se dedicaban al campo. Con cuadras y cobertizos en los laterales. El trabajo de Palladio aquí fue claramente el de dignificar lo que en Catalunya serían las casas pairals, los cortijos de Andalucía o las haciendas de Hispanoamérica. El caso de La Rotonda es una excepción en su obra. Lo famoso de Palladio es esto: sencillas residencias campestres tratadas como palacios. Y esa dignidad no la dan los materiales que usa, apenas hemos visto mármoles ni piedra: todo está hecho con ladrillo y estuco, con muy pocos medios. La dignidad reside en las proporciones.
Nos sentamos al final de la atípica rampa que lleva a la puerta de entrada y que sustituye la escalinata principal. Un cigarrillo, un dibujo. Nos vuelve a asombrar la majestuosidad del pronao, con sus columnas y su frontón frente a le edificación lateral, de una sencillez casi humilde.
—Cuando llegaron los ingleses quedaron tan fascinados con estas casas que inmediatamente exportaron el estilo a Inglaterra —comenta Oscar—. Y de Inglaterra se fue al Nuevo Mundo. El estilo que Palladio se inventa en esta pequeña región llega hasta la Casa Blanca. Del Veneto a Londres y de Londres a Washington.
La mano de Antonio Canova
La pequeña ciudad de Possagno reúne importantes recuerdos de la vida y obra del escultor más neoclásico de la historia. La casa donde nació es ahora un museo repleto de retratos del autor, vestidos de la época e informaciones sobre la técnica del oficio. La Gipsoteca está situada en el mismo núcleo de edificios, tan sólo separada por un agradable patio interior, y muestra los yesos originales de las obras más importantes del artista así como algunos mármoles.
—Según el escultor Juan Bordes, son mejores los yesos que el mármol —se ríe Oscar—. Yo no lo tengo tan claro, pero es evidente que ver un yeso previo al mármol es muy emocionante. No hay mejor sitio en el mundo para ver a Canova que éste.
A pocos metros de la casa y encaramado en una colina de agradable subida, está el templo Canoviano proyectado por el propio Canova: una reproducción del Panteón de Roma con la loggia griega del Partenón de Atenas levantada en medio de los Alpes italianos.
Mientras comemos en la pizzería que está enfrente del museo las chicas tenemos que suplicar que se cambie de conversación; las alusiones a los terroríficos detalles de la mano del escultor corren el riesgo de arruinar las excelentes pizzas con rúcula y bresaola que aún humean en el plato. A pesar de los sutiles avisos en pequeños carteles colgados en la entrada y de una misteriosa urna vacía en medio del museo, no hemos entendido las referencias a la conservación de la mano del escultor hasta que uno de nosotros se ha metido en una pequeña estancia de la casa y ha gritado:
—¡La mano!
Y allí estaba, orgullosamente expuesta, dentro de un tarro relleno de líquido y teñida de un sorprendente amarillo intenso; con más aspecto de guante que de mano.
La lentitud de Carlo Scarpa
La ampliación que Carlo Scarpa hizo de la Gipsoteca Canoviana en 1957 es exquisita. A modo de preludio del museo que veremos en Verona, admiramos la detallada y mimosa articulación de las obras de arte con el espacio y su relación entre ellas, las peanas y expositores hechos a medida, los innumerables detalles constructivos, la armonía entre el hierro y el hormigón, y, por supuesto, la luz, proyectada a través de sobrios juegos geométricos de ventanas y paredes.
—Cuando Scarpa estaba construyendo la tienda Olivetti —nos explica Oscar tocando, a pesar de estar prohibido, el acabado en hierro de una pieza que sujeta un cable tensado— y llevaba más de un año de retraso, sus clientes, los señores Olivetti, alabando previamente su genialidad, se quejaron con un cierto desespero de la lentitud del maestro a Vittorio Gregotti, un arquitecto amigo. Gregotti pasó un día por delante de la tienda y al verle enfrascado en los trabajos de la obra se acercó a saludarlo. Scarpa estaba furioso. Acababa de recibir dos peldaños de la escalera pulidos a máquina y no a mano como debía haber sido, y a gritos se le quejó diciendo: “¡Con estas prisas no se puede trabajar!”.
La visita al cementerio de San Vito, el Museo en el Castelvecchio y el Banco Popular de Verona completan las visitas a la obra de este inmenso maestro de la arquitectura contemporánea.
¿Cenamos en Venecia?
¿Por qué no? ¡Estamos tan sólo a una hora en coche del Piazzale Roma! ¿Puede haber mejor fin de fiesta? Tras dejar el coche en un inmenso parking de unas diez plantas de altura y disfrutar de la entrada a Venecia en un vaporetto repleto de italianos y pocos turistas, corremos a admirar la fachada y el escaparate de la antigua tienda Olivetti en la Piazza San Marco; Oscar nos señala la famosa escalera con los dos peldaños pulidos a máquina.
—La verdad es que se nota. Están más brillantes. —murmura Oscar, sonriente, con la nariz aplastada en el cristal y las manos abombadas en las sienes para ver mejor el interior. Todos observamos la oscura escalera en silencio, y a pesar de que yo no consigo apreciar esa emocionante diferencia de matiz, creo, feliz y ciegamente, en ella.
Después de eso sólo nos queda reencontrarnos con el divertido barullo de la barra del Harry’s Bar. A por un Bellini y una croqueta.



