Ramón Cortés





Palmero
A Ramon Cortés le duele que alguien se levante de su lado cuando toma asiento en el autobús. Es consciente de que su aspecto asusta. “Pero comadre” me dice, apesadumbrado, después de pedirme permiso para tratarme con este término gitano que denota confianza: “Tú lo has visto rápido, soy incapaz de matar a una mosca”
Ramon Cortés nació en un pabellón de la llamada periferia invisible de Barcelona. Colgaban sábanas para separar a las familias y conseguir un poco de intimidad. Años después se mudaron a las barracas de Can Tunis. Me dice que ha visto de todo. Que no tiene ni un un recuerdo bonito de su infancia. Tampoco de su juventud.
No es la primera vez que posa ante una cámara. Lo hace con calma, regalándome unos gestos que tiene estudiados y funcionan muy bien. Ha llegado a la sesión con una bolsa de plástico y unas camisas de viscosa, enormes, holgadas, color naranja y verde limón que después me arrepentiré de no haber usado. Yo le visto con un cuello cisne ajustado y prendas de Gabriella Collgarments que le sientan de miedo.
Me cuenta que a lo largo de su vida ha hecho de todo pero que lo suyo, lo que hace bien de verdad, es ser palmero. "Ahora ya no se lleva, ya no se paga, todos se atreven a dar palmas. Pero Peret dijo: Si me giro y no tengo a mis palmeros pegaos a mí, yo me largo. Porque sin palmas no hay ná.”
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Palmero
A Ramon Cortés le duele que alguien se levante de su lado cuando toma asiento en el autobús. Es consciente de que su aspecto asusta. “Pero comadre” me dice, apesadumbrado, después de pedirme permiso para tratarme con este término gitano que denota confianza: “Tú lo has visto rápido, soy incapaz de matar a una mosca”
Ramon Cortés nació en un pabellón de la llamada periferia invisible de Barcelona. Colgaban sábanas para separar a las familias y conseguir un poco de intimidad. Años después se mudaron a las barracas de Can Tunis. Me dice que ha visto de todo. Que no tiene ni un un recuerdo bonito de su infancia. Tampoco de su juventud.
No es la primera vez que posa ante una cámara. Lo hace con calma, regalándome unos gestos que tiene estudiados y funcionan muy bien. Ha llegado a la sesión con una bolsa de plástico y unas camisas de viscosa, enormes, holgadas, color naranja y verde limón que después me arrepentiré de no haber usado. Yo le visto con un cuello cisne ajustado y prendas de Gabriella Collgarments que le sientan de miedo.
Me cuenta que a lo largo de su vida ha hecho de todo pero que lo suyo, lo que hace bien de verdad, es ser palmero. "Ahora ya no se lleva, ya no se paga, todos se atreven a dar palmas. Pero Peret dijo: Si me giro y no tengo a mis palmeros pegaos a mí, yo me largo. Porque sin palmas no hay ná.”